Alcañiz

La mujer es vieja. De edad indefinida entre los ochenta y los cien. No tiene dientes. Se le nota en las hendiduras de los labios sobre las encías. El pelo cano y clareando. Un blanco grisáceo, sin tratar. Lleva una falda negra larga hasta los tobillos. Sin medias. Unas alpargatas también negras, deformadas por unos pies de gancho. La camisa es negra con un pequeño dibujo en blanco. Son aves minúsculas. Se sienta en el balcón. Un balcón de un metro y medio por setenta centímetros. Con las barandas de hierro forjado. A sus pies, una maceta con unas margaritas blancas.

Lleva gafas. Le cuelgan en la parte baja de la nariz, más allá del puente. Observa. La calle, abajo, las gentes. Redoblan los tambores. Ella parece no estremecerse. La semana santa irrumpe de un soplo. Las calles se llenan, las gentes aplauden, lucen al sol, las mujeres sonríen, los niños corren, los hombres acarrean los bombos.

La mujer se queda en su balcón. Quieta. Se acerca un chico joven. Rondará los veinte. Se detiene bajo el balcón. El príncipe y su Rampunzel. Señora, ¿le gustan los tambores? La mujer le mira. No contesta. Al poco arranca, un discurso atropellado. Le cuenta que ha visto la semana santa cada año, desde pequeña, le detalla como era antes, cuando ella era una mujer joven y desfilaba tras los pasos, con su mantilla, sus perlas y sus tacones. Le habla de las tradiciones, de la virgen de los Pueyos que ya no está tan guapa como antes. El chico escucha. De vez en cuando la interrumpe para hacerle alguna pregunta pero ella no responde. Prosigue su letanía, los años remotos, los tiempos pasados. El chico se impacienta. Señora, ¿cómo se llama usted?

La mujer lo observa unos segundos con detenimiento, como si rumiara para sus adentros. Luego prosigue. El chico insiste, le confiesa su nombre, ¿cuál es el suyo? La mujer vuelve a detenerse, lo ignora y prosigue. El chico mira el reloj, lo esperan en la esquina de abajo, ha hecho una apuesta y quiere ganarla. Tan sólo necesita saber un nombre, ese nombre, el de la mujer vieja que se sienta en el balcón.

Ella prosigue, la semana santa del año cincuenta y cinco fue especialmente bonita. Le habla de la vecina, que de tan guapa todos los chicos la miraban. Miranda. La vecina se llamaba Miranda. El chico aprovecha, pregunta de nuevo, y usted, ¿cómo se llama? La mujer se detiene. El chico menea la cabeza. No oye nada, piensa, está sorda. La mujer se rasca la nariz. El chico insiste impaciente, a gritos, ella se llamaba Miranda y usted, ¿usted cómo se llama? ¿Yo? No me acuerdo.

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